Las historias del viejo Tomás (Pili G.Lepanto, 12 años)

El reloj hizo sonar su campana. Eran las cuatro. Y eso es lo que puso a Manuel y a Esteban tan ansiosos. Esperaban la llegada de su abuelo. Querían conocer más sobre sus historias. Porque claro, tener un abuelo como Tomás, era increíble. Era un anciano, con tantas historias tan interesantes. Historias que uno siempre iba a recordar. Y es por eso que Manuel y Esteban se emocionaban cada tarde que él venía.
Ahora el que hizo sonar la campana fue el timbre. ¡El abuelo de los niños había llegado! Si hubieran visto la felicidad en sus pequeños y dulces rostros. Querían escuchar la historia del día. Cada día con un cuento diferente. A veces de héroes, de reyes, de misterio, de amor, o simplemente anécdotas de la niñez de Tomás.
 La madre de Manuel y Estaban le abrió la puerta a su padre. Lo hizo pasar, le invitó un té y lo dejó que fuera a charlar con sus nietos que estaban en el living. El viejo se sentó en el sofá, saludó a los nenes y comenzó a hablar.
 —Todo comenzó, si mal recuerdo, en 1955. Estéfano, un hombre que dedicaba su vida a ayudar y conocer más sobre el resto de las personas, fue a visitar la provincia de Chaco para conocer a una tribu que admiraba mucho; los tobas.
 Partió el primer sábado de mayo. Se tomó un tren desde la ciudad de La Rioja, hasta la ciudad de Santiago del Estero. De allí, mediante auto, se dirigió al Gran Chaco, donde iba a hospedarse y socializar con los tobas.
 »Se alojó en la choza del líder. Quizás el mejor líder de todos los tiempos. Era amable, se preocupaba por su comunidad. El resto lo apreciaba mucho.
 »La vivienda era pequeña, pero acogedora. Estaba hecha de leños recubiertos por paja, como la mayoría de todos los hogares de la tribu. A lado de la puerta, había unas prendas de ropa y algunos adornos. El líder, que sabía hablar castellano, le dijo que esa vestimenta se la tendría que poner él, porque a la noche había fiesta.
 »Las prendas eran coloridas. Como era época de frío, Estéfano se vistió con un poncho bien abrigado. Adornó su cabeza con un opaga, hecho de plumas blancas y amarillas. Decoró su cuerpo con un nallaghachik, que estaba hecho por hojas, nuevamente plumas blancas, y flores amarillas que hacían juego con su opaga.
 »En fin, se iba acercando la noche, se iba acercando la fiesta. La gente salía de sus chozas para celebrar el cumpleaños de una persona. Alguien que no conocía, que no sabía que iba cambiarle la vida por completo.
 »Ni bien salió a fuera, pudo observar una multitud de tobas, que ponían en práctica sus cantos y danzas. Estaban alegres y todos querían mirar un sólo punto; al cumpleañero. Al ver tanta alegría, él también quiso ver. Pero no podía, había muchas personas. Intentaba pasar, pero ellos  no se corrían. Decepcionado, se sentó en el suelo para mirar como festejaban.
 »Pasados los veinte minutos, el líder lo observó. Vio que estaba algo triste y le dijo:
— ¡Hey, muchacho! ¿Por qué no vienes a  celebrar? ¡La noche se acaba! Ven que te presentaré a  la cumpleañera, pero debes saber que ella no sabe castellano, así que no podrás hablarle.
 »El jefe lo condujo hacia la mujer. Estéfano lo iba siguiendo obedientemente hasta que llegaron al final de la fila de personas. Cada una de ellas iba dejándole regalos y hablaban cosas que él no podía comprender. El observaba con detenimiento, sin dejar de echarle una ojeada a todo. Pero luego, el líder interrumpió su vistazo y le dijo:
—Le presento a mi hija, la cumpleañera.
 »El chico la miró de pies a cabeza y pensó; “Que hermosa mujer.” Y al siguiente segundo, se dio cuenta de que se había enamorado perdidamente de ella. Tenía cabello lacio y negro. Su piel era color café. Era alta y tenía un pequeño lunar en su pómulo izquierdo. Tenía dientes grandes y blancos. Su sonrisa era perfecta. Le calculaba unos treinta años, igual que él. Estaba vestida con un poncho igual al suyo y llevaba varios onguaghachiks, pulseras hechas con dientes y uñas de animales, semillas, plumas y caracoles.
 »Al pasar el tiempo, Estéfano fue teniendo más contacto con ella. El padre de la muchacha, le enseñó el idioma toba al enamorado y luego él le enseñó el castellano a su amada. La muchacha aprendía con rapidez y él cada día  se enamoraba más. El intentaba todo para conquistarla. Le daba obsequios y le recitaba poemas. Y al parecer, ella también se enamoró perdidamente de él.
  »Y esto que empezó como un viaje, terminó como una familia. Tuvieron cinco hijos. Cuidaron a sus chicos, quienes terminaron como hombres valientes. Sus padres se quisieron hasta el último de sus días. Todos los tobas los recuerdan, y cuando cae la fecha del día de sus muertes, hacen conmemoraciones en honor a ellos— Tomás hizo una pausa, miró a sus nietos y continuó: — Y colorín colorado, este cuento, se ha terminado.
 Manuel y Estaban sonreían y no paraban de decir que les había gustado mucho el cuento. Y fueron disparados a contarle la historia a su mamá. El abuelo, riéndose de felicidad, miró la hora detenidamente y comenzó a escuchar las campanadas del reloj. Eran las seis.
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9 comentarios

Archivado bajo Pili González Lepanto

9 Respuestas a “Las historias del viejo Tomás (Pili G.Lepanto, 12 años)

  1. Espectacular la construcción del mundo posible: todo ese vocabulario toba que, aun cuando no sabemos su significado, ns dice tanto. Me recontra encantó, Pili. Ojalá el viejo Tomás nos siga trayendo muchos cuentos.

  2. Pili

    Me encanta como relatás historias, como cada párrafo te lleva al siguiente! Buenisimo.
    Mamá.

  3. JULIA

    Hola Pili: Me re gustó !!! Te mando un beso

  4. Graciela Checa

    Ay Pili! qué hermosura!. Me encanta!.Disfruto mucho seguirte en este crecimiento que estás haciendo con la escritura. Te mando un beso grande.
    Graciela, la amiga de tu mamá que vive en un lugar complicado.

  5. Juli

    Pili, me encantó el cuento, es precioso! Ojalá pudiera escribir así, me encantan tus finales! Te quiero

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